Análisis y guías
HE VISTO A DIOS Y ES UNA PANTALLA DE 17 METROS: Análisis de la Tricorne Premium LED
Si me seguís desde hace tiempo, sabéis que no soy de los que se impresionan fácilmente. He visto de todo.
He estado en cabinas de proyección que parecían naves espaciales, he probado sistemas de sonido que te despeinan el flequillo y he analizado proyectores láser que cuestan más que mi casa.
Pero lo que os traigo hoy… amigos, lo de hoy no tiene nombre. O sí lo tiene, pero suena a ciencia ficción.
He tenido la experiencia cinematográfica más brutal, salvaje y espectacular de toda mi vida. Y no, no estoy exagerando para ganar clics (bueno, un poco sí, pero es que esta vez es verdad).
La culpable es una bestia parda llamada Tricorne Premium LED. Y aquí podéis verla en toda su grandeza:
Os estaréis preguntando: «Pero, ¿qué demonios es eso? ¿No estábamos contentos ya con el láser?». Pues sentaos, pillad palomitas (de las grandes), porque nos vamos a los Cines Odeón Sambil en Leganés (Madrid), el templo absoluto de la calidad audiovisual, para destripar en exclusiva la pantalla que ha hecho que Avatar 3 parezca un documental de la BBC rodado en el futuro.
Un viaje al pasado: De cuando creíamos que se veía bien
Antes de que se me caiga la baba hablando del presente, dejadme que me ponga en modo abuelo cebolleta un momento.
Necesitáis contexto para entender por qué esto es tan gordo.
Corría el año 2010. Yo, un viejoven entusiasta con más ilusión que dinero, empecé a trabajar profesionalmente en el cine digital.
Recuerdo ver uno de los primeros proyectores digitales y pensar: «Wow, esto es el culmen de la tecnología». ¿Y qué peli ponían? Exacto, la primera Avatar. Parecía magia.
Saltamos a 2018.
Odeón Sambil abre sus puertas y nos vuela la cabeza a todos: Dolby Atmos en todas partes, proyectores láser 4K… Era (y es) la referencia.
Pero un año después, en 2019, dieron un golpe en la mesa que dejó temblando a la competencia: instalaron la Onyx, la primera pantalla LED para cine en España. Esa pantalla se convirtió en mi santuario.
He ido cada mes religiosamente. He disfrutado como un gorrino en una charca viendo negros puros y un brillo que los proyectores tradicionales solo sueñan. Pero… (siempre hay un «pero»), tenía un problema: el tamaño. Seamos sinceros, 10 metros de base están muy bien para el salón de tu casa si eres millonario, pero en una sala de cine, con el tiempo, se te hace «bola».
Se queda pequeña, sobre todo si la comparamos con las pantallas gigantes de proyección tradicional que, las cosas como son, han seguido mejorando con sistemas láser de Christie que son una maravilla. Así que ahí estaba yo, con el corazón dividido: amaba la tecnología LED de la Onyx, pero echaba de menos el tamaño burro de las salas grandes.
Hasta que llegó noviembre de 2025.
Sherlock Holmes y el misterio de las cajas de cartón
Todo empezó como empiezan las mejores historias de internet: con un rumor en un foro. Leí en Nosolohd que estaban de obras en la Sala 5 de Odeón. Ojo, la Sala 5 no es cualquier sala; junto con la 6, es la joya de la corona por tamaño.
Y de repente, alguien filtra una foto de unas cajas con un letrero que haría sudar a cualquier techie: «LED SCREEN». En ese momento se me puso una cara de tonto feliz que no os podéis imaginar. ¿Estaban montando una LED gigante? ¿En la sala más grande? Mi cerebro empezó a echar humo.
Empecé a investigar como un loco sobre una tal «Tricorne», pero en internet había menos información que en la declaración de la renta de un político. Nada. Cero. Hasta que llegó la semana del estreno de Avatar 3. De repente, se abre la venta de entradas: «Sala 5 – Tricorne Premium LED». ¡Bingo!
Compré la entrada sin saber qué me iba a encontrar, a lo loco, «a lo valiente». Pero el destino (o más bien Miguel Ángel Piqueras del grupo Econocom) quiso que pudiera verla antes que nadie. Me llamó la misma mañana del estreno para invitarme a probarla a puerta cerrada.
El pasillo hacia la sala se me hizo más largo que un día sin pan. Iba nervioso. ¿Sería para tanto? ¿Sería solo marketing? Abrí la puerta y… madre mía. Tuve que irme a la última fila porque la pantalla no me cabía en el encuadre de la cámara.
Las tripas de la bestia: Números que marean (y por qué importan)
Vale, pongámonos técnicos, que sé que os gusta el «cacharrero». Lo que tenéis delante no es una pantalla normal. Es un monstruo de 17,28 metros de ancho por 7,20 metros de alto.
Para que os hagáis una idea: la Onyx que tanto amaba tenía 10 metros. Esto es casi el doble, y más ancha. Estamos hablando de una superficie conformada por 216 módulos interconectados. Y cuando digo interconectados, me refiero a una precisión de cirujano. Están alineados al milímetro para que no se note ni una sola junta.
Es un lienzo digital perfecto.
Resolución y Píxeles: La obsesión por el detalle
La resolución efectiva es de 5300 x 2160 píxeles. »Oye, eso es raro, ¿no?», pensaréis. Pues sí, es un equivalente a 5K en formato Scope DCI. Pero lo que te deja loco es el contraste: 600.000:1.
Si venís del mundo de los proyectores, sabréis que el «negro» en el cine tradicional es, en realidad, un gris muy oscuro. ¿Por qué? Porque el proyector lanza luz sobre una tela blanca. No puedes proyectar oscuridad.
Pero aquí… amigos, aquí los píxeles son autoemisivos. Si el píxel tiene que ser negro, se apaga. Es un negro absoluto, un agujero negro en mitad de la sala.
El brillo que te deja ciego (literalmente)
Soporta 300 nits de brillo y 16 bits de profundidad de color. Esto es clave. La mayoría de los cines «buenos» llegan a 48 o 100 nits con suerte. 300 nits en una pantalla de 17 metros es como mirar al sol, pero sin quemarte las retinas. Permite un HDR (Alto Rango Dinámico) real.
Los blancos son cegadores y los negros son infinitos, todo en el mismo fotograma. Y por supuesto, soporta HFR (High Frame Rate) y 3D con gafas activas. Nada de las gafas pasivas de plástico malo que te quitan la mitad del brillo. Aquí se ve todo cristalino.
El secreto de los agujeritos
Aquí viene la magia negra. Si os acercáis mucho a la pantalla (cosa que hice, cámara en mano, en modo macro), veréis que no es sólida del todo.
¡Está microperforada!.
Tiene cientos de miles de agujeritos diminutos. ¿Y los píxeles? Tienen una distancia entre ellos (pixel pitch) de solo 3,3 mm. Además, los subpíxeles tienen un encapsulado especial para difuminar la luz, lo que hace que la imagen sea suave y orgánica, no una rejilla digital dura.
Y sí, es curva. No es una curva exagerada para fardar, no. Es una curvatura estudiada para que, en una pantalla tan descomunal, la inmersión sea total y no pierdas detalle en los bordes si estás sentado en un lateral. Es envolvente sin deformar la imagen. Ingeniería pura, señores.
La prueba de fuego: Avatar 3 y la búsqueda del fallo imposible
Vale, sobre el papel todo muy bonito. Pero, ¿cómo se ve esto en movimiento? Porque yo, que soy muy «tiquismiquis» y trabajo haciendo contenidos DCP (los archivos de cine digital), sé que estas pantallas no perdonan.
Si el archivo tiene un fallo de compresión, se va a ver. Si el colorista tuvo un mal día, se va a notar. Es una pantalla chivata. Lo muestra todo con una fidelidad que asusta.
Me senté en la Fila 7, justo en el centro. (Quedaos con este dato: Fila 7. Tatuaoslo si hace falta). Empezaron los tráilers y anuncios. Ya ahí noté que la calidad del material de origen es vital.
Algunos anuncios se veían «meh» porque estaban mal hechos, pero cuando saltó el logo de Dolby… puf. Se me erizaron los pelos del brazo.
Imagen: La perfección existe
Cuando empezó Avatar 3, mi cerebro hizo «clic». La pantalla ocupaba toda mi visión periférica. Busqué fallos. Lo juro. Iba a pillarles. En las transiciones a blanco puro (el momento crítico para ver si los módulos están mal encajados o tienen diferente colorimetría), la imagen era un folio blanco perfecto.
Cero defectos.
Luego busqué el famoso banding. Sabéis esas líneas feas que salen en los cielos o en los degradados cuando la pantalla no tiene suficientes bits de color. En los paneos horizontales de la película, que hay unos cuantos, la imagen era mantequilla pura.
Fluida, suave, perfecta.
La capacidad de mostrar detalle en sombra mientras tienes una explosión brillante al lado es algo que ningún proyector, por muy láser que sea, puede igualar. Es física.
El Sonido: La gran revolución (y el problema de la Onyx resuelto)
Aquí es donde la Tricorne le da una patada voladora a la antigua Onyx.
El problema de las pantallas LED sólidas (como la Onyx) es que no puedes poner altavoces detrás. El sonido no atraviesa una pared de LEDs. Así que tienen que poner altavoces arriba y abajo y hacer un «truco» de procesamiento para que parezca que la voz sale de la boca del actor. Funciona… reguleras. Si tienes buen oído, notas que el sonido no viene de la pantalla.
Pero la Tricorne, al estar microperforada, permite que el sonido la traspase. Me colé detrás de la pantalla (sí, me dejaron ver las «tripas») y vi los altavoces fijados a la pared de la sala, orientados al milímetro para coincidir con los agujeros de la pantalla.
Resultado: El sonido sale DE la pantalla. Cuando un Na’vi grita, el grito te pega en la cara desde su boca, no desde el techo. Sumadle a eso los graves descomunales de la sala y el Dolby Atmos… es la guinda del pastel.
Se nota que Ricardo Viñas de Dolby estuvo ajustando el sistema el día anterior, porque suena a gloria bendita.
El Veredicto: ¿Merece la pena?
Llegados a este punto, creo que la respuesta es obvia, pero voy a ser claro: Esta sala ha pasado a ser, automáticamente, mi referencia absoluta.
Olvidaos de todo lo que habéis visto antes.
La combinación de negro absoluto, brillo HDR real (300 nits), tamaño de 17 metros y sonido posicional perfecto a través de la pantalla es algo que no existe en ningún otro sitio de Europa ahora mismo.
Guía de supervivencia para la Sala 5
Si vais a ir (que deberíais), aquí va mi consejo de oro: El punto dulce.
- Fila 7: La perfección. Inmersión total sin tener que girar el cuello como un búho.
- Filas 6 y 8: También aceptables.
- Más cerca de la 6: Demasiado grande, te vas a marear.
- Más lejos de la 8: Empieza a parecer «una tele muy grande en un salón oscuro». Pierdes la inmersión y ves mucho negro alrededor.
Además, el sonido se calibra para el centro geométrico de la sala, que suele caer en estas filas. Así que no os hagáis los listos yéndoos a la última fila «para verlo todo», porque os perderéis la magia.
Conclusión: El cine ha vuelto a nacer
Salí de la sala con una sonrisa tonta y la sensación de haber visto el futuro.
Quiero dar las gracias públicamente a Luis Millán, el CEO de Odeón Multicines. Se nota que este tío no es solo un empresario; es un amante del cine. Montar este «juguete» no es barato y es una apuesta arriesgada, pero lo hace para que nosotros, los frikis del cine, tengamos la mejor experiencia posible. Y vaya si lo ha conseguido.
Y gracias también a Miguel Ángel Piqueras por dejarme trastear y traeros este análisis antes que nadie.
En resumen: si te gusta el cine, tienes una cita obligada en la Sala 5 de Odeón Sambil.
Avatar 3 es la excusa perfecta, pero sinceramente, yo iría a ver hasta un anuncio de detergente en esta pantalla.
Nos vemos en el próximo vídeo (o artículo), aunque os aviso: va a ser muy difícil superar esto. ¡Larga vida al cine!

